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El penacho de Moctezuma

Parte 1

Un testimonio del encuentro de dos mundos por José Francisco Carpio Moreno

Mi viaje a Viena durante mi movilidad universitaria no fue una decisión azarosa ni un gesto meramente turístico: fue la oportunidad de acercarme a aquello que tantas veces me han dicho que nos pertenece, el penacho de Moctezuma.

A poco menos de tres horas de donde vivo, en Olomouc, República Checa, se encuentra el museo de etnología de Viena —el Weltmuseum, o Museo del Mundo, un espacio que, como su nombre sugiere, alberga cientos de objetos provenientes de las más diversas culturas, entre ellas la mexicana.

El gran rey del museo —aquel que durante un tiempo concedió acceso gratuito todos los sábados a los visitantes mexicanos, beneficio que fue retirado tras ciertas protestas, pese a haberse anunciado como permanente— es, como cabría esperar, el penacho de Moctezuma. Que se trate efectivamente de un penacho ha sido puesto en duda; que haya pertenecido al propio Moctezuma es algo que, a estas alturas, no puede afirmarse con certeza.

Pero, como un viento que regresa cada otoño, la conversación en torno al penacho resurge de continuo. ¿Por qué está allá? ¿Debería volver a México? ¿A quién pertenece? Antes de meditar en torno a la reliquia me gustaría narrar mi visita. 

La entrada es de 12€ para estudiantes (comenzamos perdiendo). Sin otro interés en particular más que el penacho me moví rápidamente al segundo piso entrando a una habitación secundaría que daba acceso al recorrido principal. ¿Mi sorpresa? Era una colección de gabanes chiapanecos, la mayoría de ellos sino todos eran de una época reciente, bordados por mujeres indígenas y llevados al museo para su exposición. 

Los museos arqueológicos, antropológicos o etnográficos en Europa han sido vistos como ladrones que otrora se apoderaron perversamente de todo lo que tienen y ahora están reticentes a cualquier intento de devolución. Aunque no negamos el robo, el abuso, ni la reticencia, enclaustrar a los museos en estas categorías desvirtúa el propósito moderno que poseen: la apreciación de las culturas. 

No pude más que alegrarme al notar que el trabajo de aquellas mujeres llegaba tan lejos y poseían su sección en un museo que alberga cerca de 250,000 objetos. Mi alegría fue mayor pues yo mismo llevaba un gabán, no apto para climas cálidos ni hecho en Chiapas, sino uno hecho a mano por mi abuela con lana de borrega y flores del campo, otra reliquia. Me veía, pues, haciendo juego con la sección. 

Mi sorpresa continuó acrecentándose cuando al entrar a la sección principal —aunque no siguiendo el orden de la visita— hallé una galería dedicada “a uno de los más difíciles y urgentes problemas de los museos de etnografía: su relación con el colonialismo y el imperialismo”. Un comienzo intenso. Alrededor figuraban estantes con las siguientes preguntas: ¿A dónde pertenecen los antepasados? ¿Cómo están compuestas hoy nuestras colecciones? Y las más provocativas: ¿Robado? ¿Comprado? ¿Negociado? ¿Saqueado? ¿Dado? ¿Intercambiado? 

La idea era clara, dar pie a la discusión que sin cesar ha llegado a estos espacios: la mayor parte de lo que poseen ha sido producto de siglos de colonización y del aprovechamiento de su ventaja frente a otros pueblos. Lo interesante, al menos en esta ocasión, era que no había un cinismo tratando de negar esto, sino una incipiente conciencia de esta problemática mezclado con episodios que narraban la repatriación de ciertos a solicitud de sus dueños originarios. Valdría la pena continuar el debate —cómo y cuándo estos objetos han de ser devueltos— pero no es el propósito de esta breve crónica, aunque rosaremos la superficie de este excelentísimo tema. Sírvase para dejar esto en la periferia, la cita (que nos amplia la perspectiva de este tema en el museo) del profesor de la Universidad de Viena, Walter Sauer, quien en un estante nos dice:

Hubo fuertes tendencias coloniales [en la Monarquía de los Habsburgo], razón por la cual el país nunca adoptó realmente una postura contra el colonialismo y el racismo. Este legado de arrogancia cultural sigue presente hoy en día.

No rehúyen de su propio pasado, es más, en otro lugar nos dicen que “buscan aprender de él”. Este dato, que para muchos puede ser solo un blanqueamiento de su historia, es relevante para nuestro tema principal: el penacho. 

Al final bastó solo caminar un par de secciones más para llegar a México. O al menos esa fue la impresión que me dio: desde reliquias mexicas, pasando por recuentos de pirámides mayas y hasta una impresiva imagen de la bandera de México con la Virgen de Guadalupe donde suele ir un águila posada en un nopal. Al centro del recinto, como no podría ser de otro modo, estaba el tocado. 

A sazón de la verdad la iluminación dificulta ligeramente su apreciación e incluso alguna foto que se le pretenda tomar. “Pensé que sería más grande” fue lo que dijo un paisano con el que después conversé. Pasé largo rato en aquel salón mientras la variedad de objetos llamó intrincadamente mi atención. Calaveras propias del día de muertos, gabanes de todas partes del país, una serie de cuadros explicando las castas durante la colonia, artilugios mexicas, una severa cantidad de imágenes de la Virgen de Guadalupe y varias cosas más. Desde una mirada externa, me parece, sería difícil vislumbrar como todo esto pertenece a una misma cultura, y como de todo aquello se ha formado una sola nación. 

La información que nos da el estante del penacho es limitada:

La primera mención conocida de este tocado de plumas aparece en 1596 con el nombre de “Sombrero morisco” (“Möhrischer Huet”) en el inventario de la colección del archiduque Fernando II del Tirol en el Castillo de Ambras [Austria].

A principios del siglo XIX llegó a Viena.

Durante la restauración de 1878 se añadieron plumas y piezas metálicas. Debido a que en ese momento se asumió que se trataba originalmente de un adorno para la cabeza plano y no de un tocado tridimensional, se creó la presentación plana actual. Su fragilidad ya no permite una corrección.

Sobre el penacho:

México, alrededor de 1521

Plumas de quetzal, loro, guacamaya y cotinga; hilos de algodón, fibras, fibras de

palmera Caryota, colas de zorro; piedras preciosas; madera; caña; resina; pigmento;

urdimbre de algodón; cuero; oro; latón.

Como vemos no hay una explicación profunda, al menos en el estante, sobre cómo este llegó a Austria. En otra parte está escrito que se desconoce si fue traído a Europa por los españoles como objeto robado o donado. ¿Por qué se donaría algo así? Bueno, hay quienes piensan que entre los primeros contactos entre los mexicas y los españoles, fue este uno de los objetos que se donó a modo de son de paz (cf. Noticonquista, UNAM). Esto, meditado, es indicio de que quizás no era un objeto tan único, sino uno entre muchos. 

Sin embargo, como si el Museo de Viena buscara lavarse las manos, dice que si fue donado o robado, lo desconocen. No fueron ellos quienes lo trajeron a Europa sino que lo obtuvieron ya arribado al continente. 

Pero la información del estante no es la única. Sorprende, para bien, encontrar un pequeño espacio donde se proyectan dos fragmentos del documental El penacho de Moctezuma… CONTINUARÁ.

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