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Luis Zamora Calzada

Enclaustramiento magisterial

El movimiento es una parte indispensable en el aprendizaje y el pensamiento. Cada movimiento es un enlace vital para incorporar nuevos conocimientos y en el proceso cerebral adquieren sentido, los movimientos musculares coordinados activan la producción de neurotrofinas, que son sustancias naturales que estimulan el crecimiento de células nerviosas e incrementan el número de conexiones neuronales en el cerebro. (Ibarra. 2005; 53-54).

Con el movimiento se desarrolla la capacidad cerebral formando redes neuronales a través de los músculos, es esencial para el proceso de aprendizaje permitir que los niños exploren cada aspecto del movimiento y equilibrio en su medio ambiente, que se expresen moviéndose, en vez de verse obligados, en los salones de clase, a permanecer sentados, quietos, inertes con la atención en un solo foco: el maestro.

Esto último está ocurriendo en el inicio del ciclo 2012-2013, que inició formalmente el nueve de agosto para todos los docentes, convocados para asistir al “Curso básico de formación continua para maestros en servicio 2012. Transformación de la práctica docente.”, como fue denominado por la Secretaría de Educación Pública (SEP) a través de la Dirección General de Formación continua.

En las encerronas en las escuelas que habilitaron como sedes, predominaron los candados en los zaguanes para impedir la salida de los maestros aún en su espacio de receso (privación ilegal de la libertad) y la representación “policiaca” de las subdirecciones regionales, que comisionaron a un integrante de su personal para cada centro de reunión, prestos en todo momento para impedir cualquier diálogo entre maestros fuera del aula; sin argumento académico, pero con miradas no amigables y lista en mano, imponen en el indefenso y en su mayoría desinformado profesorado temor desde un estatus de autoridad, para obligar a los maestros a permanecer las horas programadas de ocho a tres de la tarde, sin importar que muchos con un solo turno, tengan un horario laboral de ocho de la mañana a una de la tarde, afectando otras ocupaciones y ocasionado agravios al estado de derecho del profesorado cautivo, al disponer diariamente de dos horas más de su tiempo personal, adquiriendo quienes están en dichas condiciones, el legítimo derecho de reclamar el pago de diez horas extras, al durar el “curso” cinco días.

Los temas programados en los claustros educativos son: “Retos para una nueva práctica educativa”, “La reforma integral de la educación básica: Un proceso hacia la mejora educativa”, “La formación continua frente al reto de la profesionalización docente”, “La evaluación formativa. Evaluar para aprender” y “Programas de relevancia social”, quizá muy buenos encabezados, sin embargo en una revisión seria, poco argumento para transformar la docencia, que se ve más reducido por la apatía impuesta en la lógica de la organización en las sedes.

Los conductores de los “cinco días para cambiar”, tiempo que durará la revisión de los textos impuestos por la SEP, son maestros que recibieron la “invitación cordial” de directivos y supervisores escolares, quienes asistieron a reuniones similares en días anteriores, para la revisión previa de los documentos que se están manejando; ante la obligación y el abandono de las instancias se han visto en la necesidad de invertir sus propios recursos económicos para la reproducción de apoyos diversos para intentar la capacitación de sus compañeros y de desarrollar prácticas desde los esquemas que los han caracterizado, con escasa innovación.

A pesar de esos esfuerzos, en la gran mayoría de los asistentes no existe el ferviente deseo por acudir, tampoco es una pretensión transformar su “docencia”, más grave aún, muchos reconocen que van por obligación, al menos eso se refleja en las palabras de algunos participantes, que con profundo pesar manifestaron: “de que nos sirve ésta porquería, es una pérdida de tiempo” dijeron.

En otra cara de la moneda y en conferencia dictada la semana pasada por el ex rector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, fue categórico al señalar que México requiere de una educación para pensar y no para memorizar, si se aspira a incorporarse a la sociedad del conocimiento, lo que permitirá por supuesto el desarrollo del país.

Para lograrlo es necesario que los verdaderamente interesados en transformar la escuela pública, es decir los maestros, queramos hacerlo; ha quedado demostrado con las reformas realizadas en educación básica en las décadas recientes, que cuando se pretende la imposición y el profesorado queda al margen sin considerar su planteamiento pedagógico y el análisis de su práctica docente, no hay cambios de fondo, como ejemplo están las estadísticas que no muestran mejorías, continúan los vacios académicos en los egresados expresados en no saber leer, no manejar operaciones aritméticas, falta de comprensión de textos, entre otros.

Los cinco días de curso básico de formación continua para maestros, no garantiza ningún planteamiento pedagógico, a pesar de que se hable de un trabajo colaborativo mal planteado y es de suponer poco entendido por los participantes, lo que no implicará a partir del veinte de agosto una docencia diferente en los salones de clases, esto por una sencilla razón, en las reuniones de trabajo y salvo honrosas excepciones se reproducen los típicos modelos frontales construidos en las escuelas.

Los asistentes a los cursos están hartos de las lecturas, síntesis y exposiciones obligadas de los textos que les presentan, la testaruda obligación de integrar veintiún productos que “deberá leer el conductor” para decidir si el docente es acreedor de la constancia con “valor escalafonario” (para qué, si el escalafón es letra muerta en la entidad) no motiva, desalienta al profesor; dicen que a fuerzas ni los zapatos entran, la educación para pensar, al parecer tendrá que esperar; en lo gremial los intentos de la autoridad para imponer “unidad”, sólo se traduce a la programación de la primera suspensión de clases el día 28 de agosto, según cuentan los promotores con la total anuencia del Secretario de Educación.

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